Veronice, sentada a la mesa con una taza de café frente a ella, escucha recitar un largo y aburrido poema al hombre que, en el pequeño escenario de la cafetería, también se encuentra sentado en una silla de largas y delgadas patas. Es el cuarto café que bebe Vero y la noche no puede ser más larga.
Es pues, un largo suspiro lo que llama. / Una idea de aquellas cosas que esperan, / el hálito de un espíritu impulsor, / el rugido de un condenado…
El peor poema nunca antes escrito o escuchado, la repetición incesante de palabras que sin sentido tratan de transmitir las mismas emociones una y otra vez. La genialidad de los hombres consumida por el monótono sonido de su voz o del dinero contante. El hombre de gruesa voz exclama en voz baja cada estrofa de su intensa oda a la nada que se le ha ocurrido. Los reflectores alumbran el cuerpo delgado que se asoma entre los metros de tela que cuelgan como ropa y destellan en las lentes redondas que se deslizan por su nariz. Viste como si fuera gigante a pesar de parecer tan ligero y dócil como su revolucionario arte.
Mírame ángel mío, mírame eternamente / Tú eres la sola luz que ilumina mi corazón / Que los días que no regresan me traigan la esperanza / Que mi libertad esté en la capacidad de amar, / de amar siquiera pueda mi corazón.
Vítores y aplausos se desbordan de las bocas y manos de los concurrentes a tal espectáculo. Las artes no han muerto a pesar de las circunstancias, dicen dentro de ellos. Silbidos y gritos piden más poesía, piden la enajenación de las mentes cultas; la apariencia del deseo de superación. Son los hombres y mujeres que no conocieron la furia de afán de poder de una nación. Son los niños que vivieron desconociendo el dolor que sus padres padecieron frente a las amenazas de la realidad. No conocen el hambre o la carencia, se niegan a mirar a su lado y descubrir a la anciana que pide una limosna, mas no pide caridad sino que por una moneda entrega una joya artificial en un hilo color carmín. Hasta en estos puntos la dignidad de los perdidos y abandonados ha alcanzado sobrepasar a los aldeanos de la comunidad mundial, los señores de aires aristócratas y filosóficos.
Veronice está asqueada. No entiende como pudo ocurrírsele entrar en tal tugurio pintado de rojo y blanco donde esas mezquinas alimañas que, como palomillas, giran sus ojos hacia la luz mortecina. Apoya los codos sobre la mesa y con sus manos toma su cabeza negándose a ver el espectáculo.
–Me lo esperaba. Así es esta ciudad, así es el mundo. –se dice a ella misma.
Niega con la cabeza mientras mira los residuos estancados en el fondo de la taza. Era un café negro, sin azúcar tal como lo ha bebido por tantos años. Primero por la falta del endulzante en casa de sus padres, luego por la amargura que su propio ánimo. Ahora no quiere dormir ni permanecer en ese sitio, pero no tiene otras opciones. Suspira.
Resignada decide salir del establecimiento. Son las dos de la mañana según el reloj de arriba, en el dintel de la puerta. Se incorpora y llama al mesero que le ha atendido durante toda la noche. Él le trae la cuenta, un pedazo de papel manuscrito sobre una charola de plástico color negro. Veronice hace un gesto de desaprobación frente a la suma que se le imputa, aún así saca de su maleta la cartera y extrae de ella un par de billetes color verde, de un verde similar al de las hojas de palma que se han quemado por el sol y están apunto de caer. Los deposita encima de la bandeja y sin esperar a que sea retirada ella se aleja.
Con su maleta en la mano se pasea por las calles luminosas. Observa las fachadas y puertas abiertas que a su paso se encuentran. Le admira la cantidad de luz que se concentra en tan pequeño punto. Las farolas incandescentes y las lumbreras en cada puerta no permiten a la noche llegar. El sueño se ha perdido y el día en si mismo no dejará de llegar en unas cuantas horas. Veronice continúa caminando y observa a las personas que entran y salen de los diversos establecimientos. Mujeres en brazos de hombres que ríen y balbucean su alegría etílica. Maravilloso momento de plenitud del alma sosegada por la ignorancia propia. Parejas de hombres y mujeres caminan de la mano, se besan y hablan de sus deseos, es la posibilidad de todo.
La costa se extiende en la inmensidad de la oscuridad. Vero se acerca a la playa, mira con tristeza y suplica al mar que en sus profundidades alberga el misterio de su alma. Una dulce mujer que espera a alguien que ha prometido una vida se detiene enfrentándose al vacío. Muchos hombres desaceleran su paso al ver tanta belleza en una mujer, hombres libres y esclavos del estado silban sin prestar atención al momento de intimidad que se lleva acabo frente a ellos.
Una mujer se acerca hacia Veronice mientras ésta contempla la bahía y a los barcos que se acercan. Con calma se llega hasta donde Vero se encuentra. Deja en el suelo un enorme paquete rectangular, luego rodeale con el brazo la cintura y descansa su cabeza en su hombro. Vero acomoda su cuerpo al nuevo intruso que a ella se ha unido en un solo espacio vital; la abraza tomándola del hombro y apoya su cabeza sobre la de su acompañante. Entrelazan las manos que quedaron libres, esperan que el momento de soledad pase.
Ivanna comprende el dolor que a su amiga le aqueja en aquel momento, lo siente como si fuera suyo. Un hombre, el padre de Veronice, asesinado por un oficial del ejercito; y su madre, protegiendo cada día la vida de sus dos hijos; y ella, Veronice, abandonando el hogar esperando lograr lo que tanta sangre le ha quitado a ella y a su familia.
–Una ladrona… una suripanta… –balbucea. Espera que Ivanna no haya escuchado pero lo ha hecho mas ella guarda silencio.
Las imágenes de su madre desmontando los campos ajenos, arrancando la maleza con sus manos y la de su hermano, un niño, levantando piedras, bultos, personas, denigrando su cuerpo en toda aquella faena que perteneciera a las propias de un peón, un esclavo. Pero ella… ella no quiere recordarse en estos momentos. Fue así que pasaron las edades.
Y ahora la enfermedad, la punzada fulminante como flecha que se penetra en el cerebro, que aniquiló la vida de la madre de Veronice. Murió lentamente, desconectada de la vida que antes en fatigosos días lograba superar. Como un objeto que solo respira se dejó llevar por las alas de la muerte. Un instante sin dolor le sumió en profundo sueño del que no despertó. Al atardecer, el alma encadenada por los años y dolores fue libre. Una sonrisa como testamento les legó a sus dos hijos. A partir de entonces no hubo más que separación. Hace ya un año de ello.
El llanto de Veronice moja los cabellos de su amiga. Un lamento en silencio mientras ambas miran la mar, la negra mar. No hay palabras.
–Magnifico lugar que te encontraste hermano –le grita Víktor a Gabb mientras observan a las mujeres que danzan sin ropa sobre las mesas de los comensales.
–Ya sabes que siempre tendrás diversión conmigo –responde al momento en que una joven se acerca a él y se sienta en sus piernas. Los dedos de la mujer acarician el vello en el pecho del varón. Gabb solo ríe y toca todas las partes del cuerpo de la bailarina. En este lugar no hay restricciones, afirma el letrero que en la entrada está pintado.
En este lugar las palabras salen sobrando. Luego de separarse del capitán Sfrener ambos hermanos recorrieron las callejuelas de la zona roja de Valarta. Es donde los negocios de los hombres se llevan acabo. Enormes anuncios de luz fluorescente invitan a participar de los espectáculos de regocijo a todos aquellos que necesiten salir de la monotonía de las aguas. Las verdaderas casas donde los marineros pueden encontrar sosiego para sus apetitos.
Gabb y Víctor entraron en el establecimiento que el primero indicó. Sobre sus cabezas se leía el nombre del establecimiento, letras iridiscentes en serpenteantes grafías invocaban a los transeúntes a penetrar en la oscura sala donde el espectáculo se llevaba acabo. Gabb sin pensarlo tomó del brazo a su hermano y ambos, luego de pagar por el derecho de entrar, se imbuyeron en los sonidos y olores que mezclados elevaron los bríos del mayor de los dos.
Ahora se encuentran sentados sobre sillones de imitación de piel negra, frente a ellos una mesa cuadrangular se une por tablones transparentes a la pista central. Visto desde lo alto, el lugar toma forma de estrella, seis mesas alrededor de una tarima tapizada de alfombra roja que en el centro ya tiene una silla, o una jaula, o un tubo, la variedad de la noche no tiene límites. Las jóvenes mujeres que apenas alcanzan los veinte años danzan en extraños movimientos de seducción.
El enorme hombre de fuerte pecho ríe y bebe sin parar, son los buenos momentos que él nunca se pierde. El vino y los alcoholes caen sobre él pero parece no importarle. Una de las damas lame el líquido vertido mientras manipula los genitales del tipo con su mano. Gabb se siente eufórico, al punto que ha olvidado como llegó a ese lugar. Víktor también le agrada este lugar, sus ojos bailan a cada sitio donde una fémina danza o camina. El andar de una mujer le cautiva, el movimiento de sus caderas o su lento avance y sus gráciles ademanes, todo esto se confunde en las formas del cuerpo femenino. Es como ver las olas golpear delicadamente la playa, es como sentir el calor del sol a través de ligeras nubes que el viento desplaza suavemente en el firmamento, o como el roce de una pluma en un rostro áspero de quien se somete a tan divino regalo. Víktor ama a las mujeres, por el simple hecho de serlo.
–Oye. ¿A dónde llevas eso chiquilla? –pregunta enojado Welther a una mozuela que tomaba la maleta de Víktor, su expresión cambió de improviso, al mismo tiempo evita que ella se aleje tomándola de la muñeca, ahora está aprisionada por una mano tan fuerte como grilletes.
–¿Qué pasa Gabb? –dice Víktor girando su rostro aún sonriente hacia su compañero.
Gabb no logra escuchar la pregunta de su hermano puesto que un hombretón se presenta en ese momento. Un gorila con la cabeza rapada y vestido completamente de negro. La embriaguez de Gabb ha desaparecido. Comprende que algo está apunto de ocurrir si no hace algo al respecto.
–Amigo, ¿algún problema? –inquiere el guardián observando el brazo de la muchacha. Al darse cuenta de ello Welther la suelta.
–Se llevaba la maleta de mi hermano –responde Gabb, toda su fiereza aparente desapareció al verse escrutado.
Los dos hermanos, opuestos e iguales. Luego de la muerte de la madre de Gabb, Evah Welther, su padre contrajo nupcias con Angelia Dresde. Ambos crecieron juntos, la solidez de su fraternidad nunca se vio resquebrajada. Pero la realidad interior de cada uno parecía ir hacia puntos apuestos. Criados de diferente manera: Angelia amaba a Víktor su hijo, pero, aunque respetaba a Gabb, le despreciaba en su interior. Tuvieron la misma educación, las mismas aficiones, el mismo techo, las mismas oportunidades, sin embargo una sonrisa por las mañanas, o una palabra de amor, o una caricia fueron la diferencia para los dos hermanos. Víktor siempre reía haciendo resplandecer su rostro, al contrario de Gabb quien su sonrisa parecía encubrir un secreto propósito aún cuando ello fuera mentira. El padre de ambos les cuidaba y satisfacía sus necesidades, pero estaba lejos. Los separaba los muros de su casa, las puertas de las habitaciones, los separaba la distancia que ponía entre él y sus hijos.
Una herida fue creciendo y cicatrizando con los años, quedó manifiesto que Gabb jamás sería un hombre común. En la adolescencia surgió de él un ser carnavalesco, una gigantesca fiera velluda. Su cuerpo compensó la carencia de un algo que no podía definir. Los jóvenes le temían, incluso hombres maduros alistados a la marina de Quertenk mantenían su distancia. Un miedo inconsciente que les impedía ver la sonrisa con la que cada mañana saludaba a todos. Víktor estaba con él en el mismo regimiento a las órdenes de Manx Sfrener. Al contrario de su hermano simpatizaba con todo aquel que se allegara, ese era su don y lo detestaba. Amor, afecto, compañía, amistad, tantas virtudes y gracias que él nunca pidió.
En la batalla de Comanod, ambos jóvenes combatieron hasta casi morir. Su valentía no era más que aparente, cada uno enfrentaba a su propio destino. Gabb reflejaba su odio a la soledad que provocaba, Víktor expresaba su cólera contra el apoyo falso que recibió. Pero ni uno era el hombre bestial ni el otro el varón carismático. Aún así, ellos eran los únicos que se sabían, los que podían amarse y odiarse sin remordimiento ni dolor. Lo sabían, eran hermanos.
–Aquí nadie es ladrón –espeta entrecerrando los ojos el hombre de negro.
–Pero… –y sin poder decir más son levantados de sus asientos por varios pares de brazos. La música continúa sonando mientras los demás hombres observan como las jóvenes se despojan de sus ropas, otros caminan con una muchacha a su lado hacia uno de los cuartos en el fondo de un pasillo oscuro. Nadie presta atención a la algarabía que en una mesa se lleva acabo. Víktor golpea en el rostro a un guardia mientras Gabb toma las maletas de ambos. Entre empujones y gritos de chicas los hombres pelean por salir y liberarse de la trifulca.
Los hermanos corren en dirección a la puerta de salida donde son esperados por un par de tipos quienes les impiden el paso. Víktor golpea en el estomago a uno de ellos, tan rápido movimiento fue que no permitió que éste se defendiera, mientras Gabb se arroja contra el otro derribándolo contra el piso. Puñetazos y patadas dejan tras de sí la tripulación del Arca.
–Después de todo fue una buena noche ¿o no? –dice Víktor sonriendo al tomar el equipaje de manos de Gabb mientras se alejan del lugar de su pequeño incidente
–Cállate estúpido –responde.
Caminan en dirección a la plaza principal de la ciudad. Llegando allí se dan cuenta que Sfrener los espera acompañado de Arthur y Sebastián. Faltan Veronice y su amiga Ivanna, además de Wolph. Los cuatro reunidos se confortan al darse cuenta que la velada llega a su fin. Detrás de las montañas un cielo azul comienza a dibujarse. Sebastián consulta su reloj, las cinco con cincuenta y ocho minutos. Ha sido el día y la noche más largos de todo el año.
Actualizaciones y algunas palabras
Del quince de agosto de 2011
Saludos mis queridos lectores que no me leen. Sé que escribir una actualización para un blog que no es leído resulta completamente irracional pero aún tengo la esperanza de que alguien por casualidad encuentre este espacio y de una manera desesperada me exija que le siga contando las aventuras de mis personajes.
Saludos mis queridos lectores que no me leen. Sé que escribir una actualización para un blog que no es leído resulta completamente irracional pero aún tengo la esperanza de que alguien por casualidad encuentre este espacio y de una manera desesperada me exija que le siga contando las aventuras de mis personajes.
Me gustaría, tras un año de ausencia, traer conmigo alguna historia para llenar el vacío de mi imaginación pero no es así. No sé que me pasa. Sigo viendo acontecimientos interesantes para serles narrados pero cada vez que intento plasmarlo por escrito estos se escabullen por entre artículos científicos y capítulos de libros. Por las noches sigo soñando y divirtiéndome solo con mis personajes y sus historias, pero me gustaría compartirlos con todos ustedes sin embargo no puedo.
En estos momentos me encuentro en el laboratorio esperando a que el programa termine de y así sacar a mi última rata del día. Debería estar haciendo gráficas para los congresos de Acapulco y Cancún pero preferí procrastinar escribiendo estas líneas. Además debería estas escribiendo la introducción de mi tesis, se de que va pero no lo hago. Hoy fue el regreso de vacaciones sin embargo yo vine a la escuela todo este tiempo.
Debo sacarme esto de una vez. Prometo ponerme un día a escribir. Olvidaré cual es mi realidad actual y sus implicaciones para mi futuro y traeré de vuelta a mi lobo, a mis viajeros y quizá pueda traer a la luz a mi nuevo hijo cuyo nombre aún no me atrevo a pronunciar.
En fin, pero que se algún día llegan a este blog lean algunos de mis cuentos y me digan que les parecieron. No importa si dicen que son malos o buenos únicamente déjenme saber que ustedes estuvieron aquí.
Cualquier cosa saben que mi correo electrónico es gabons69@hotmail.com
Nos leeremos pronto.
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