Es una casona de un piso, pintada de amarillo su fachada y con altas ventanas enrejadas que permiten la vista al exterior de la calle, hacia el mar; Sebastián y Arthur han caminado unos cuantos pasos y penetran dentro. Una brisa fresca proveniente del océano inunda las habitaciones primeras y a los hombres que disfrutan una tarde y noche de descanso. Un bar donde el ingreso a menores de veinte años y mujeres es restringido. Veronice y el joven se ven libres para conocer la urbe, cada uno toma rumbo diferente.
Dentro del establecimiento los dos hombres toman asiento en la barra ordenando ambos un tarro de cerveza. La vitalidad del lugar es ensordecedora; risas, cantos, charlas y peleas, el humo de los tabacos inunda todo. Se ingresa por un largo pasillo que conecta la puerta a un patio interior, el cual es bordeado por una serie de columnas y arcos que sostienen el techo de los pasillos, los cuales conectan a los diversos cuartos. Dentro del patio varias mesas de metal, con sus respectivas sillas, ocupan su sitio sobre el suelo de azulejos rojos. En el fondo, frente al recibidor, la barra del bar se localiza empotrada en el muro al aire libre. A su alrededor vegetación de grandes hojas enverdecen el recinto. En este lugar, sobre altos bancos de madera, uno junto al otro, Sebastián y Arthur conversan mientras beben de sus tarros el licor espumoso.
Con las maletas a los pies y los codos apoyados en la barra, dándole la espalda, mira Arthur a la clientela que en el principio de la noche se da cita. Grupos de hombres toman asiento dentro de las diversas habitaciones del local que aún no son ocupadas. De un momento a otro todo el recinto se ve atestado de personas, algunas sentadas y otras de pie, eso no importa mientras disfrutan un momento de paz.
–¿Qué piensas? Ahora si que estás preocupado –le dice Arthur a Bastián sin verlo.
Éste permanece en silencio sobre la mesa mientras observa las burbujas que suben a través del líquido amarillo dentro del cristal. Con ambas manos toma el tarro y se niega a beberlo. Ni siquiera ha escuchado a su amigo, se ha sumergido dentro de él. El mundo no es su mundo.
–Entiendo que estés preocupado pero que... vamos, que solo es esta noche. –dice Arthur palmeando el hombro de su amigo.
–¿De que hablas? –pregunta Sebastián sorprendido. Una mirada de inquietud se refleja en las lentes cuadradas que sostiene con su nariz. El rostro constreñido reduce su edad muy contra de lo esperado en tales casos.
–Nada, solo te contaba de mis penas y alegrías jajaja –responde su camarada al tiempo que ríe con estrépito.
La música, proveniente de los acústicos en los cuatro extremos del patio, anima el ambiente mientras la atmósfera enviciada había tragado ya a la concurrencia. Los meseros vienen y van con bandejas portadoras de diversas bebidas y viandas o con cuentas y dinero entre las manos. Los ojos pesan a quien se sumerge en este lugar.
Arthur observa todo detenidamente. Le extraña de pronto que todos se encuentren tan alegres, incluso su propio regocijo le incomoda. Es como si la tragedia de la guerra hubiera ya cicatrizado. Claro que han pasado ya trece años desde que Äcton tomo el poder absoluto. Todo el mundo, su historia, su cultura y economía pasó a manos de las legislaturas de Rottemberge.
“Ellos son felices, como si nada” –se dice a sí mismo mientras recuerda la reacción de Veronice dentro de Arca antes de llegar. Tan grave y sentida fue su emoción.– “Algo malo le ocurrió a ella durante la guerra, es la única respuesta. Pero ¿qué me pasó a mí? Un simple soldado, así me veo, que hizo la guerra bajo órdenes de un superior, el cual tenía un superior y así quizá hasta el infinito.
“¿Acaso llegué a matar? Si lo hice. Disparé, disparé en muchas ocasiones y herí de muerte a muchas personas. Pero eran los malos, y eso es hacer lo bueno. Pero ¿y los civiles que salieron lastimados en las batallas? Eran inocentes. Inocentes que… Que importan, eso se terminó.
“Pero si hice algo bueno, combatí contra el enemigo de la humanidad pero…
–Oye Bastián –dice Arthur con un todo de voz diferente al usado antes– ¿En realidad es mejor la paz?
–Pues el Sabio dice: –responde como maestro a pupilo– “Compitió la paz con la guerra sobre cual era más cruel y venció la paz; ya que la guerra mató a los hombres armados mientras la paz, a los que se encontraban desnudos.” Es lo que pasa ahora, recuerda lo de Cornez. La paz requiere un gran precio.
“’La paz requiere un gran precio’ eso decía la placa en la entrada del cuartel –piensa Arthur– pero ésta paz no es la que deseamos. No es la que deseo.
–Pero esta paz no es la que deseo. –repite en voz alta.
–No, claro que no. Pero es la que nos entregaron. –responde acomodándose en su asiento el anciano.
–Si no te conociera creería que estás de acuerdo con lo que ocurre en el mundo.
–Así es… no estoy de acuerdo –espetó esto dando a entender que la cuestión ha quedado zanjada.
Ambos hombres permanecen viéndose a los ojos. Inmutables uno con el otro. Arthur sabía de antemano lo que Sebastián había perdido durante la guerra y también lo que había ganado con ella. Pero fue hasta ahora que lo comprendió todo.
–Lo único malo de ti, Bastían, es que eres un hombre de bien. –le dice Arthur, cogiendo el tarro que había dejado sobre la barra e ingiere por completo la bebida.
–Y eso ¿a qué viene? –pregunta desconcertado y algo molesto, retirando la mirada de nuevo a su vaso.
–Es que… no sé. Es que, simplemente eso me pareces. Todo esto al fin y al cabo fue tu idea.
Sebastián no responde al señalamiento, solo mira hacia el espejo detrás de las botellas y observa su cara reflejada. Arthur le ha dado algo en que pensar.
Manx camina solo por la ciudad conformada por solo dos avenidas principales que se extienden a lo largo de varios kilómetros. Vía flanqueada por casas azules y amarillas en tonalidades pálidas que integran cuadras de poco más de cien metros. Solo los edificios gubernamentales alcanzan los tres pisos de altura. Intercalados azarosamente se presentan expendios de comida y tiendas, además de diversos sitios de entretenimiento para los turistas y habitantes. Pero él no observa ninguna de ellas, no nota las curiosas formaciones que se desarrollan en su andar: puertas coloreadas con imaginación pueril y ventanas decoradas por caprichosos diseños en sus marcos que rodean las rejas que encierran en su interior las húmedas y frías habitaciones.
Nada forma la excepción. Un recorrido sin valor ni entrega. Casi alcanza las orillas de la urbe marítima cuando toma conciencia de su lugar. Sin mirar la negra masa de mar, sin sentir el escalofrío de la noche, sin presentir el olor característico de la costa se detiene en la muralla que divide la tierra y las aguas. Ha alcanzado el mirador. Apoyando su cuerpo contra el bajo muro respira hondo y reacomoda la bolsa de su equipaje en su espalda.
–Mar –pronuncia en voz baja.
El inquieto océano viene y va, toma y regresa lo hurtado. El sonido de las olas, las sombras que las luces citadinas alcanzan a formar en la masa de agua le regresa a la verdad.
–Mar –repite– El mar… fue él quien me quitó la vida.
Un largo suspiro desaloja el aire de sus pulmones y los llena de nostalgia. Sfrener levanta la vista al cielo, una mirada triste en un gran hombre, algo que nadie desea ver. El faro destella contra las estrellas en el firmamento, los buques y zeppelines hacen sonar sus bocinas indicando su llegada. Le recuerdan el silbato de un tren, del tren que cada mañana llegaba a Pigmont.
El recuerdo de los años pasados lo retoma en el punto en que los abandonó ésta mañana.
–El tren… cuán triste era ese viejo tren. –se dice a sí mismo. –Palva…–el nombre sale en un suspiro.
Pavla, aquella mujer que amó durante las batallas de aquella maldita guerra. Su recuerdo lo mantuvo con vida. La idea de su esposa y la delicada niña, su hija, hija de ambos, de su amor pasional, le confirió fuerzas para continuar la lucha. Luego de salir de la pubertad, Manx se enlistó en el ejército de Quertenk. Con su cabeza llena de ideales y esperanzas para acabar con la guerra que diezmaba su país y el mundo salió a enfrentar sus batallas. Demonios interiores y exteriores le destrozaron el alma. Vio la destrucción de hogares y personas, mas la fortuna le concedió no ver morir a nadie, solo cuerpos consumidos por las bestias de rapiña y los estragos del tiempo.
Tales imágenes de sus años en la milicia le tuercen la mente. Pesadillas que solo se disipan ante un rostro y luego otros tres. Una tarde, siendo ya el joven capitán Sfrener por todos lugares conocido, arribó con toda su tripulación al pequeño pueblo de Pigmont. Inexistente lugar en los mapas militares ni comerciales. Ni siquiera con puerto contaba la localidad. Su único sostén era un enorme armatoste, un gusano primitivo que escupía humo, era un tren que se desplazaba por rieles.
Fue necesario llegar a Pigmont para descansar y abastecerse con lo necesario para alcanzar la tarde del siguiente día la ciudad de Faustia. Esa noche se decidió la vida del joven capitán. Sus hombres, unos retozaban en las cantinas o habitaciones que les fueron concedidas, otros mantuvieron la vigilancia a pesar de encontrarse con permiso. Sfrener abandonó la nave, “Arca” era su orgullo hasta el momento. Caminó por las oscuras callejuelas del poblado. Unas campanas le hicieron girar hacia la alta torre que detrás de él se levantaba, una columna gris rematada con un reloj octagonal cubierta con un techo inclinado similar a un cono aplastado, eran la señal de término de las celebraciones religiosas y de las actividades.
Se detuvo dejando que el sonido se disipara. Al regresar todo a su calma habitual unos pasos se escucharon, alguien venía de donde la torre a encontrarse con él. Sfrener se mantuvo en posición, la idea de ser atacado pasó por su mente ya acostumbrada a la violencia pero descartó en seguida tal posibilidad. Frente a él una mujer apareció. Menuda y hermosa, una joven pueblerina con ojos penetrantes e inquietos le miró de frente.
Quedaron prendados uno al otro por instantes sin final, una mujer en vestido púrpura y azafrán delante de aquel gigante que más parecía bestia que hombre. No fue amor, no fue pasión, no fue deseo, no fue emoción, no fue premonición, fue algo tan pasajero, tan duradero que llevó a ambos al matrimonio una mañana de primavera tres años después. Y luego dos años más tarde una niña de hermosos rizos inundo con balbuceos y llanto su hogar. En medio de una guerra, de dolor y muerte pudieron formar su familia. El año de la batalla de Comanod, durante los días en que la cruenta barbarie se desencadenaba, Palva daba a luz a su segunda hija, nacía para ser esclava de un mundo sin esperanzas. A partir de entonces Manx pudo vivir permanentemente en casa, allá en la perdida Pigmont.
–Mirale, dejé a mi pequeña Mirale sin padre. –se dice Manx Sfrener descubriéndose frente al mar. El rostro de su pequeña hija, la menor de las tres con solo diez años, llorando ante la salida de su padre… El recuerdo se rompe, no puede darse ya el lujo de llorar a estas alturas. Sfrener sacude su cabeza, golpea su rostro con sus mano como tratando de despertar, reacomoda su maleta y continúa caminando. No es momento para sentir soledad.
En medio de una calle empedrada la algarabía de una fiesta se deja escuchar. Dentro de una bodega la pequeña reunión de jóvenes se ha convertido en un aquelarre donde toda persona que lo deseara podía participar. Los pies de Wolfy le llevaron hasta este lugar, luego de separarse de Veronice, y ahora frente al portón rojo no tiene el valor para entrar. Suena la música y los participantes sacan a bailar a las jóvenes. Otros no esperan a encontrar pareja y solo mueven su cuerpo al compás de las melodías.
–Oye amigo… –un chico embriagado y desaliñado se acerca a Wolph– ¿Qué haces allí? Te invité para que te divirtieras. –Y dejando que éste lo guiará, Wolfy se integró a la reunión.
El lugar es enorme. Las mesas se reúnen cerca de la entrada dejando espacio para una gran pista de baile. Wolph toma asiento en una mesa ocupada por dos chicas las cuales conversan entre sí a gritos y con las bocas cerca de los oídos. Al verle una de ellas le sonríe mientras la otra dice algo al oído de su amiga y ambas ríen. Alguien le ofrece a él una botella de licor la cual acepta.
–¿Quién te viera amigo? Ya ligaste con esas dos chavas. –le dice el tipo medio ebrio que le convido la bebida mientras se sienta a su lado. –La de azul es pareja del estúpido de allá, no te metas con ella. La otra, la mejorcilla, no es de nadie.
Wolfy responde con una sonrisa y afirma con la cabeza. Luego bebe el líquido rojo de su botella. Tiene buen sabor.
Por doquier las risas y gritos se hacen oír. Las melodías cambian de ritmo constantemente pero los concurrentes no prestan atención y solo adaptan su baile a la velocidad en que es tocada la canción. Otros cantan sin saber a ciencia cierta cual es la letra. Y también están los que hacen el ridículo y quienes escapan al sanitario con tal de no hacerlo frente a sus amistades, si es que en realidad hay alguna de ellas presente.
El licor rojo, los alimentos y fritangas, y más invitados llegan al lugar. Parece que esta fiesta no tendrá fin. Wolph espera que de un momento a otro algún gendarme de seguridad social y comunitaria llegue a parar la celebración pero ello no ocurre, ni puede ocurrir en Valarta.
Pasada una hora Wolfy se mantiene en su asiento. Las jóvenes que cuchicheaban se alejaron hacía tiempo y ahora, él solo, observa como los otros jóvenes se divierten. Ha bebido cinco botellas de licor rojo y siente que la sangre se agolpa en su rostro, siente calor y una excitación particular, pero aún así no se desinhibe. Él es el único inactivo, un tipo aseñorado sentado en su silla plástica. Con su camisa blanca de botones cuadrados negros, fajada en su pantalón negro, parece un adulto formalmente vestido. Una joven de amplias caderas pero pequeño busto se acerca a él.
–Ya me cansé de verte toda la noche ahí sentadote. Vamos a bailar. –una voz aguda proviene de un rostro algo bello, solo los ojos verde-azules de la joven son encantadores puesto que su gran boca y pequeña nariz desentonan con la carencia de pómulos disfrazados por mucho maquillaje.
Wolph intenta negarse pero las bebidas que ha consumido y la habituación al ambiente logran convencerlo. Sale a la pista de baile de la mano de la mujer, una melodía rápida y colorida se escucha. Wolfy muestra sus dotes de bailarín. A pesar de parecer alguien sumamente rígido tiene un gran control de su cuerpo y soltura en sus movimientos, es capaz de adaptarse a la armonía musical. Levanta los brazos, gira sobre un pie, luego salta en círculos alrededor de su pareja, intercambia mujer, se agacha, se inclina, levanta una pierna, mueve las caderas; todo lo hace con gracia pero nadie repara en su habilidad, las personas están lo suficientemente borrachas como para danzar correctamente.
–Uff, me cansé. Sentémonos un rato. –le grita al oído una joven, no es la misma que le sacó a bailar.
Toman asiento en una mesa diferente a la de Wolph, ahora se encuentran detrás de los altos acústicos y pueden conversar con menor dificultad.
–Que bien bailas. Supongo que lo sabes. –dice ella limpiándose el sudor de la frente con la manga de su blusa colorida. Wolfy sonríe aceptando el cumplido.
–Bueno, mi nombre es Sandy. –era mucho más linda que la primera mujer. Algo delgada, lo suficiente para agudizar su rostro pero con facciones más delicadas y pequeñas. –¿y de donde conoces a Kjimel?
–Soy Wolph y no lo conozco, soy uno de los colados a la fiesta. –responde sintiéndose intimidado.
–Ah, que importa Wolfy. –dice moviendo la mano en señal de poca importancia– Para eso son las fiestas jajaja.
–Si, supongo que… –no terminó la frase, el recuerdo de su equipaje le despabila– ¡Dios! Mi equipaje.
–¿Traes equipaje? Bueno, ¿Dónde lo dejaste? –pregunta la joven.
–En la mesa de allá. –indica con el dedo su antigua posición.
–Vamos a ver.
Los dos se acercan a la mesa y la encuentran vacía. Wolph pierde el color del rostro, ha perdido todas sus pertenencias. Sandy le conforta diciéndole que hay una habitación donde llevan las cosas que se han perdido durante la reunión, que quizás allí se encuentre su maleta. Suben la escalera al lado de la construcción y llegan a las habitaciones que sirvieron antes de oficinas. Ella toca la puerta de la última.
–Por si acaso hubiera alguien que… tú sabes. –ambos ríen con la posibilidad.
Entran y encienden la luz. El suelo se encuentra atestado de bolsas y demás artículos, pero la cama está libre. Wolfy se alegra al encontrar su mochila, la abre y examina si todo está en orden. Su sorpresa se incrementa al descubrir que permanece igual.
–Gracias –dice dejando la mochila en el suelo– por ayudarme a encontrarla.
–De nada. –le responde la joven, luego le besa en la boca.
Wolph se separa de ella, pero Sandy le acaricia el rostro, el cortejo es evidente. “No importa” se dice él y desabotonándose la camisa besa a la joven. Ella se despoja de su blusa y deja caer su falda, después se recuesta en el lecho, mientras Wolfy apaga la luz y asegura la puerta.
Actualizaciones y algunas palabras
Del quince de agosto de 2011
Saludos mis queridos lectores que no me leen. Sé que escribir una actualización para un blog que no es leído resulta completamente irracional pero aún tengo la esperanza de que alguien por casualidad encuentre este espacio y de una manera desesperada me exija que le siga contando las aventuras de mis personajes.
Saludos mis queridos lectores que no me leen. Sé que escribir una actualización para un blog que no es leído resulta completamente irracional pero aún tengo la esperanza de que alguien por casualidad encuentre este espacio y de una manera desesperada me exija que le siga contando las aventuras de mis personajes.
Me gustaría, tras un año de ausencia, traer conmigo alguna historia para llenar el vacío de mi imaginación pero no es así. No sé que me pasa. Sigo viendo acontecimientos interesantes para serles narrados pero cada vez que intento plasmarlo por escrito estos se escabullen por entre artículos científicos y capítulos de libros. Por las noches sigo soñando y divirtiéndome solo con mis personajes y sus historias, pero me gustaría compartirlos con todos ustedes sin embargo no puedo.
En estos momentos me encuentro en el laboratorio esperando a que el programa termine de y así sacar a mi última rata del día. Debería estar haciendo gráficas para los congresos de Acapulco y Cancún pero preferí procrastinar escribiendo estas líneas. Además debería estas escribiendo la introducción de mi tesis, se de que va pero no lo hago. Hoy fue el regreso de vacaciones sin embargo yo vine a la escuela todo este tiempo.
Debo sacarme esto de una vez. Prometo ponerme un día a escribir. Olvidaré cual es mi realidad actual y sus implicaciones para mi futuro y traeré de vuelta a mi lobo, a mis viajeros y quizá pueda traer a la luz a mi nuevo hijo cuyo nombre aún no me atrevo a pronunciar.
En fin, pero que se algún día llegan a este blog lean algunos de mis cuentos y me digan que les parecieron. No importa si dicen que son malos o buenos únicamente déjenme saber que ustedes estuvieron aquí.
Cualquier cosa saben que mi correo electrónico es gabons69@hotmail.com
Nos leeremos pronto.
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7 comentarios:
¡El libro Fantasiofrenia II está listo!!!
Martes 23 de octubre, 19 horas, presentación de No somos tiernas las suripantas, de Fernando Reyes, primer volumen de cuentos publicados por el IMC. Foro Rodolfo Usigli (Héroes del 47, #122, col Churubusco, Coyoacán. A una cuadra de División del Norte). También presenta Yolanda Rubioceja. “Habrá sotol, charanda, mezcal y otras bebidas para hombres. También vinito de honor para las damitas” :OP jaja. El libro costará nada menos que 60 pesitos pa’los cuates.
Fantasiofrenia II, más cuentos dañados, incluye mi texto “A cualquier madre podría pasarle“, y títulos de figuras como Edgar Omar Avilés, Mauricio Carrera, Marcial Fernández, Guillermo Samperio, los Maestros Alberto Chimal, Gerardo de la Torre y súper Guillermo Vega Zaragoza, por mencionar algunos.
Jéssica de la Portilla Montaño AKA *Gina Halliwell*
...te atreves a
seguirme al infierno?
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Mae, pues lo visito para darle una felicitación por su cumple. Espero se la pase chingón aunque cada vez se vuelva más viejo y ya no se acuerde de los viejos amigos jaja
Saludos!!
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