Actualizaciones y algunas palabras

Del quince de agosto de 2011

Saludos mis queridos lectores que no me leen. Sé que escribir una actualización para un blog que no es leído resulta completamente irracional pero aún tengo la esperanza de que alguien por casualidad encuentre este espacio y de una manera desesperada me exija que le siga contando las aventuras de mis personajes.

Me gustaría, tras un año de ausencia, traer conmigo alguna historia para llenar el vacío de mi imaginación pero no es así. No sé que me pasa. Sigo viendo acontecimientos interesantes para serles narrados pero cada vez que intento plasmarlo por escrito estos se escabullen por entre artículos científicos y capítulos de libros. Por las noches sigo soñando y divirtiéndome solo con mis personajes y sus historias, pero me gustaría compartirlos con todos ustedes sin embargo no puedo.

En estos momentos me encuentro en el laboratorio esperando a que el programa termine de y así sacar a mi última rata del día. Debería estar haciendo gráficas para los congresos de Acapulco y Cancún pero preferí procrastinar escribiendo estas líneas. Además debería estas escribiendo la introducción de mi tesis, se de que va pero no lo hago. Hoy fue el regreso de vacaciones sin embargo yo vine a la escuela todo este tiempo.

Debo sacarme esto de una vez. Prometo ponerme un día a escribir. Olvidaré cual es mi realidad actual y sus implicaciones para mi futuro y traeré de vuelta a mi lobo, a mis viajeros y quizá pueda traer a la luz a mi nuevo hijo cuyo nombre aún no me atrevo a pronunciar.

En fin, pero que se algún día llegan a este blog lean algunos de mis cuentos y me digan que les parecieron. No importa si dicen que son malos o buenos únicamente déjenme saber que ustedes estuvieron aquí.

Cualquier cosa saben que mi correo electrónico es gabons69@hotmail.com

Nos leeremos pronto.

miércoles, junio 13, 2007

Una Conversación Ilustre I

Por las noches esta ciudad se convierte en un caos. Los gritos de sirenas y de mujeres acompañan las melodías de las balas y de las peleas en las calles. Para el amante de la música esta se convierte en su peor pesadilla, pues las notas que escuchara le destruirían el oído. Y a mí, por cualidad divina o maligna, a pesar de poseer tan agudo oído, puedo bloquear aquello que no deseo escuchar. Sin embargo es más duro decidir que no quiero oír que usar tal posibilidad. Tantas cosas que ocurren frente a mí, tantas historias inaccesibles a cualquier mortal son para mí algo que se presenta sin llamarlo, solo levanto mis orejas y me dejo empapar por las voces de la noche.
Sin embargo en esta hora algo muy raro me ocurrió. Encontrábame en el oriente de la urbe, el solo hecho de mencionar que se encuentra uno del otro lado de la calzada se transforma en sinónimo de miedo, peligro, pobreza, deterioro. Durante un tiempo se pensó que el futuro de la ciudad se hallaría hacia el este, pero la ambición y el desaliento provocaron la degradación de la zona. Nadie se atreve a salir de noche en esa dirección y no pocos no pisaran nunca aquella región. Para mi nada de eso importa, nunca he sido molestado por ningún mortal. Y si llegara ha hacerlo… pobre de él.
Aun así y a pesar de que las casonas y edificios más interesantes se encuentran en el poniente, decidí tomar mi paseo por aquello lugares. Caminando observaba como mi sombra se desplazaba ya delante ya detrás de mí. Poco a poco comencé a recordar y a jugar aquellos juegos que en mi infancia disfruté. Saltaba de cuadro en cuadro de la acera o en una rayuela imaginaria volaba. La euforia comenzó a invadirme, saltaba, reía, cantaba, parecía un loco excéntrico. Poca importancia di al hecho de que pudiera ser visto por alguien, pues como he dicho ya, nadie sale de su casa después de la medianoche y quien esté fuera no será para algo bueno.
De pronto algo en el aire cambió. Lo noté quizás ya tarde pero en cuanto lo sentí me preparé para lo que ocurriera. Al cruzar una calle el presentimiento me tomó. La atmósfera en ese momento se trasformó. El frío se tornó en una extraña niebla que se movía como un reptil, incrustándose en los muros como si se anclara para no ser desplazada. El olor a muerte se extendía junto a ese manto acuoso. La visibilidad se hizo imposible, todos mis sentidos se pusieron en alerta, escudriñaron todo lo que pudieron sin embargo no percibían nada. Solo el aroma y esa nube carnívora fue lo que apareció.
Dorvank me mostró la forma más conveniente para defenderme y atacar. Apoyé mi rodilla izquierda en el suelo agachando completamente mi cuerpo, con las palmas de las manos tocaba el suelo y la cabeza sobre el pecho. De esta forma en un instante podría saltar y durante ese momento trasformarme sin ser tomado. Pero el plan no salió como esperaba pues en cuanto tomé tal posición una mano me tocó en el hombro. La impresión fue mayúscula al saberme sorprendido de tal manera. No conocía a ningún ser capaz de disfrazar su presencia como este lo había hecho. De súbito me puse de pie y me alejé algunos pasos de él. Un escalofrío recorrió mi espalda dejándome con la mente en blanco, me era imposible pensar en alguna forma de defensa o de escape o afrontamiento. Sin embargo una ira incontenible se apoderó de mí. Estaba furioso por tal ofensa dada a mi persona. Apreté mis puños hasta hacer sangrar las palmas de mis manos al incrustarme las uñas. Le odiaba.
La nube mantenía escondido tras de sí al ser que tanta vergüenza me había hecho pasar. Mas la luz de la farola me permitió ver su silueta; una sombra negra un poco más alta que yo (otra razón para despreciarlo). Escuché sus pasos acercándose a mí. Eran lentos pero firmes. No me temía, creo que lo que buscaba era que yo le temiera, y más aún creo que lo consiguió. Su cuerpo fue descubriéndose poco a poco. Primero fueron sus piernas, calzaba mocasines y un ligero pantalón negro de corte un tanto entallado pues podía apreciar la forma de sus piernas. El resto del cuerpo emergió de entre las sombras nubosas, una camisa de igual color y de igual textura, con los botones superiores desabotonados mostrando el vello de su pecho. De uno de sus brazos colgaba un saco largo. Su presencia me dejó sin palabras, por un momento llegué a olvidar lo que me hizo sentir, quedé hipnotizado por su estilizada forma y sus elegantes movimientos, tan lentos que creí que jamás llegaría hasta mi.
Fue entonces que salí de mi estupor para ver que frente a mi se encontraba un rostro similar al de un Cristo de mármol, era hermoso. Levanté mi brazo con el fin de tocarlo pero no logré conseguirlo. Algo me impidió continuar con el movimiento. Ese rostro parecía esculpido en piedra, facciones firmes y duras. En sus ojos color miel mantenía yo fija la mirada. Aquella sonrisa era fría pero encantadora y sus labios gruesos despedían una sensualidad tal que invitaban a poseerlos. Su cabello a pesar de ser corto se mecía con la brisa como un trigal danza al viento. Había caído bajo su encanto.
Al punto en que todo esto pasaba por mi mente sentí como sus brazos me tomaban y me atraían hacia él. Me encontré envuelto en su abrazo. Todo en él era frío, su carne, su aliento, su olor. Pero no me importaba. Recosté mi cabeza sobre su hombro e inhalé su esencia. Me percaté que en sí no poseía olor. Sus ropas solo se encontraban impregnadas por los aromas de la noche, de lo viejo, de lo olvidado. Era como sí fuera un recuerdo que quedó olvidado en un desván y que por azares del destino un niño lo sacara de su enajenación y lo regresara al seno del hogar. Esa analogía me provocó una gran melancolía. Respondí al abrazo y me entregué a él.
De mi furia primera pasé a la tristeza y a la compasión. Pero de pronto algo me estremeció de nuevo. Sentí el aguijonazo en mi cuello, ello me sacó de mi sopor y usando toda mi fuerza de voluntad me separé de mi maligno seductor. Tan brusca fue mi exaltación que provoqué que la piel de mi cuello se desgarrara haciendo más grandes las heridas que me produjo el ser y por tanto, unos pequeños chorritos de sangre brotaron de ellos.
Mi corazón se aceleró tanto que al punto creí que explotaría. Me encontraba desconcertado, mi hermoso amante quería desangrarme. La fuerza de las emociones para un ser como yo se elevan tanto que prácticamente son ellas las que nos dominan. Pero el desconcierto provoca parálisis, por ello es el peor de todos, te deja indefenso frente a tu oponente pues eres incapaz de actuar. Al fin tomé conciencia de la situación en la que me encontraba y sin pensarlo más me lancé sobre él. Arrojé mi puño contra su rostro, el presentimiento que quizás se fracturarían mis dedos pasó por un instante por mi cabeza, pero no por ello mengüé mi ataque. Lo siguiente que recuerdo es que me encontraba en el suelo con un pie sobre mi pecho. No sé como me esquivó con tanta rapidez y de alguna forma sé que fue él mismo quien me tiró al suelo. Es un solo movimiento quedé derrotado.
¡Que humillación la mía! Me sentí como un niño al que han castigado después de haber reído a causa de su travesura. Y tendido de espaldas, con los brazos extendidos y siendo rebajado a alfombra de bienvenida, no pude reprimir mis lágrimas. El llanto me sofocaba, hacia tanto tiempo que no sentía tales deseos de llorar. Dejé que mis lágrimas se deslizaran y que mi respiración se entrecortará para evitar algún grito que acabara con mi dignidad.
Quitó su pie de mi pecho y me permitió levantarme. Con rapidez me puse de pie, limpié mi rostro con la manga de mi gabardina y levantando el rostro me disponía a alejarme. Él se interpuso en mi huida y con una irónica sonrisa movió la cabeza en actitud de negación.
–¡Maldita sea! ¿Qué más quiere de mí? – pensé.
–Saber que es lo que te hace tan único y hacértelo saber- respondió.
Me di cuenta que la neblina y el frío habían desaparecido. La noche era tan clara que podían verse un gran número de estrellas en el firmamento. Las calles se encontraban en silencio, solo los animales nocturnos emitían sus sonidos y otros comenzábamos una charla.
Se colocó su saco y me indicó que le siguiera. Ningún deseo tenía en dejarme guiar por él, pero algo dentro de mí, quizá fuera curiosidad, o miedo, o soledad, o un hechizo suyo me obligó a seguirle.
Caminamos hasta alcanzar un cementerio. Muchas leyendas se cuentan de él. Niños que suben al autobús sin que nadie se dé cuenta y justo frente a este lugar se presentan ante el conductor y luego desaparecen. O de mujeres desconsoladas que entran gritando al santo lugar en donde sus lamentos se transforman en alaridos comparables a los de las aves del infierno. Pero eso ya no tiene importancia, solo son historias. Él sorteó la barda de un salto, mientras que yo tuve que treparme a ella y caer del otro lado. Nos sumergimos entre las tumbas hasta tomar asiento en una de ellas. Él sacó un pañuelo de su bolsillo y limpió el lugar donde se sentaría, tomó asiento, cruzó su pierna izquierda, cruzó los brazos y me indicó en silencio que tomara mi sitio. Me senté frente a él, apoye mis codos en mis rodillas y me quedé mirándolo. Aclaró su garganta y se presentó.
–Yo soy Fernand– dijo y me tendió la mano. No me encontraba seguro de si responder a su saludo o no, pero lo hice. Su mano era áspera y dura, incomoda para estrecharla.
–Y ¿qué quieres?– le pregunté yo de nuevo.
–Ya te lo dije. Hacer conocido tu propio ser.– me respondió.
–Eres enigmático. Pero bien, ahora dime ¿Qué eres? ¿Cómo fue posible que hicieras todo eso que hiciste?- dije yo lleno de duda.
–Solo un no-muerto.
–Pero no eres como yo ni como Dorvank, o Leonidas o ninguno de los de la jauría...
–Claro. No soy de tu especie. –su rostro entonces se ensombreció como si un velo le cubriera su palidez-. Yo estoy condenado a vagar por las noches, escondido del sol. Alimentándome de la sangre de los mortales, sin poder volver a lo que era antes. Existir por siempre cubierto de alabastro. Maldecido por un espíritu de milenios que me impulsa a beber la vida como sanguijuela.
–Si, ya creo que eres hermoso, pues me sedujiste y me dejé seducir. No te pareces en nada a los “Hijos de la Luna“. Pero eres igual de monstruoso a nosotros.
–Pero tú tienes grandes ventajas. Recuperas tu aspecto humano, puedes vivir al calor del sol, eres implacable en tu búsqueda, y eres invencible si solo lo deseas.
–Ya dejémonos de tantas alabanzas. –dije cortando de tajó el rumbo que llevaba la conversación– ¿Qué quieres saber?
–No, no quiero saber. Estoy para ver y ser testigo de la decadencia.
–Esto es imposible. –respondí con un bufido– No puedo hablar contigo así. No entiendo que me quieres decir.– luego de decirle esto permanecimos en silencio por algunos minutos mirándonos a los ojos. Los grillos cantaban y los pequeños animales rastreros se desplazaban en busca de alimento.
–Dime –reanudé la conversación– ¿porqué me atacaste?
–Solo fue una broma. Mi intención no era molestarte simplemente quería que te divirtieras.
–Antes que llegaras me hallaba saltando y cantando. Pensándolo ahora, eso resultaba muy tonto.
–Exacto.
–Pero morderme... Eso para mi no es un juego.– espeté indignado.
–Lo lamento. Tal vez fui demasiado efusivo. Además creí que comprenderías de lo que se trataba.– se inclinó hacia mí y levantando su brazo me tocó la rodilla, un gesto que bien podría entenderse como el consuelo que hace un padre a su hijo. Seguí todos sus movimientos con atención temiendo alguna “efusiva” muestra de afecto por su parte. Luego retrajo su brazo y lo depositó sobre sus piernas. Completamente erguido parecía una estatua de bronce, podría jurar que estuve tentado en golpear con mis nudillos la figura para cerciorarme que en verdad hablaba conmigo y no era un simple objeto de ornato al que por alguna razón yo había quedado prendado en un lapsus de locura. Este sentimiento se desvaneció cuando Fernand giro su cabeza a su derecha y dijo:
–Si, soy real. No te preocupes por la locura, es la mejor manera de comprender la realidad.
Estaba encantado por lo que escuchaba. No por el sentido o el significado de lo pronunciado, sino por la voz. Era cansada, o quizás apagada en una garganta que se quemaba cada noche con el fuego de plasma.
–¿La locura permite descubrir la realidad? Pero si todo es una locura. Mírame, mírate, acaso esto que nos ocurrió no pertenece a otro mundo, a otra conciencia. Esto es una completa idiotez.– le respondí.
–¿Y es esto lo que en realidad de molesta? ¿Acaso no descubres la magnitud que representa todo esto para ti o para cualquiera? Me he pasado varios meses observándote. Te he visto recorrer las calles de esta ciudad. Te he visto devorar a tus victimas. Te he visto sucumbir al remordimiento. Y sí todo esto fuera poco he leído tus propias reflexiones y aún así ¿te atreves a quejarte de tan maravilloso porvenir que te depara?- Diciendo esto se levantó de golpe, sin esfuerzo siquiera de apoyarse sobre el suelo. Su mirada, resplandeciente en la oscuridad, me fulminó nuevamente. Mantuvo las piernas abiertas y los brazos cruzados, me parecía el tótem de alguna tribu primigenia.
Estaba perplejo. Apenas iniciaba nuestra conversación y ya había cometido la primera impertinencia. Bajé la mirada, no podía soportar verle a los ojos. Sentía la necesidad de salir de ahí, escapar a cualquier lugar.
Me levanté, no sin el esfuerzo que cualquier hombre hubiera tenido que hacer. Sacudí mi pantalón y el largo gabán, disponiéndome a retirarme. Sin embargo Fernand salió de su inmutable postura y tomándome del brazo me guió hacia otro lugar. Las horas sonaron en las campanas de la Iglesia. Eran apenas las dos de la mañana.

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