Actualizaciones y algunas palabras

Del quince de agosto de 2011

Saludos mis queridos lectores que no me leen. Sé que escribir una actualización para un blog que no es leído resulta completamente irracional pero aún tengo la esperanza de que alguien por casualidad encuentre este espacio y de una manera desesperada me exija que le siga contando las aventuras de mis personajes.

Me gustaría, tras un año de ausencia, traer conmigo alguna historia para llenar el vacío de mi imaginación pero no es así. No sé que me pasa. Sigo viendo acontecimientos interesantes para serles narrados pero cada vez que intento plasmarlo por escrito estos se escabullen por entre artículos científicos y capítulos de libros. Por las noches sigo soñando y divirtiéndome solo con mis personajes y sus historias, pero me gustaría compartirlos con todos ustedes sin embargo no puedo.

En estos momentos me encuentro en el laboratorio esperando a que el programa termine de y así sacar a mi última rata del día. Debería estar haciendo gráficas para los congresos de Acapulco y Cancún pero preferí procrastinar escribiendo estas líneas. Además debería estas escribiendo la introducción de mi tesis, se de que va pero no lo hago. Hoy fue el regreso de vacaciones sin embargo yo vine a la escuela todo este tiempo.

Debo sacarme esto de una vez. Prometo ponerme un día a escribir. Olvidaré cual es mi realidad actual y sus implicaciones para mi futuro y traeré de vuelta a mi lobo, a mis viajeros y quizá pueda traer a la luz a mi nuevo hijo cuyo nombre aún no me atrevo a pronunciar.

En fin, pero que se algún día llegan a este blog lean algunos de mis cuentos y me digan que les parecieron. No importa si dicen que son malos o buenos únicamente déjenme saber que ustedes estuvieron aquí.

Cualquier cosa saben que mi correo electrónico es gabons69@hotmail.com

Nos leeremos pronto.

miércoles, junio 13, 2007

Tiempos de Paz - Introducción

Por fin la guerra había terminado. La sangre en los campo vertida fue tragada por la tierra, ningún sonido de dolor por la lucha quedaba ya. Las legiones de hombres y mujeres que pelearon por un ideal habían desaparecido. Era en verdad el fin de la matanza. Luego de tantos años de aguerridas luchas reinaba la paz, como en antaño. Toda la historia tenía como desenlace esta victoria.
En el campo de Comanod solo queda la bandera de uno de los mayores ejércitos jamás instaurado en el mundo. Las fuerzas unidas de las grandes potencias políticas y económicas, las que dirigían los destinos de sus vasallos, desplegaron a todos sus hombres para luchar contra el ejército enemigo de la humanidad. Todos sabían que ellos eran los malos, sabían que en algún momento aquel país, que en otras ocasiones causó los peores males al mundo, se revelaría con su enorme arsenal tecnológico y humano. Había firmado contratos, convenios, paces, y demás papeles con tal de que la violencia en todo el planeta terminara. De hecho se creyó, ingenuamente, que este país, devastado y reconstruido por la fuerza de sus hijos, debería ser el prototipo de naciones. La mejor educación y cultura, los artistas y talentos científicos más destacados del orbe, la belleza de su gente, y las políticas ya económicas ya legales, eran las mejores para seguir. Los mandatarios aplaudieron esas disposiciones y muchos se apegaron a tales argumentos. El mayor error era cometido.
Intrigas, asesinatos, violencia, pobreza… la decisión tomada solo beneficiaba a unos cuantos. Los ricos y poderosos, empresarios y políticos, obtuvieron mayor fuerza. El resto de la población se convirtió en los “desposeídos”. Estos recordaron las lecciones que hace tantas décadas sus ancestros enseñaban. ¡Luchar por el bien de todos! ¡Caída de los poderosos! ¡Reparto equitativo del capital! Con embravecidas voces se alzaron los “desposeídos” y una guerra civil inició en los países del orbe.
La consecuencia de las revoluciones produjo la caída de gobiernos y reelaboraciones en las leyes. Nacionalizaciones y nacionalismos, todo con el fin de recuperar lo que los cambios anteriores habían producido. El saldo final: finanzas en quiebra, montañas de muertos, familias destrozadas, desaparición de la cultura y las artes, la muerte interna de los sobrevivientes. Toda la tierra en crisis. Solo una nación se encontraba en pie. Un país que a pesar de ser tocado por las desavenencias internacionales nunca perdió la fuerza ni el soporte de sus instituciones, sus finanzas y sus planes.
No hubo tiempo para la reconstrucción de los pueblos devastados. Una amenaza extranjera se cernió sobre ellos. La primera potencia mundial, Rottemberge, derribó sus fronteras para dar paso a sus ejércitos. Los pequeños y maltrechos países fronterizos fueron los primeros en caer, no tanto por la fuerza sino por los convenios anteriores, la dependencia de ellos hacia su gran benefactor. Las regiones al sur y al oeste resistieron los embates pero solo pocos meses.
El nuevo imperio se extendía con lentitud pero siempre con codicia. Durante años su plan tomó forma, creó una ilusión económico-política con tal de que el resto del mundo se rindiera ante su ingenio. La estructura ideada por ellos solo era útil para ellos mismos, el resto de las naciones que se adaptaron a tales mecanismos se dieron cuenta muy tarde de los efectos secundarios a largo plazo de esta nueva estrategia. La dominación comenzó mucho antes que la nueva guerra que iniciaba.
Los gobiernos de los países, las antiguas grandes potencias, que sobrevivieron mejor la crisis se aliaron con tal de evitar al nuevo imperio su avance por tierra, aire y mar. Estados menores, que fueron hechos a un lado por los más fuertes, se enfrentaron solos contra la amenaza que tocaba sus territorios. Todos ellos fueron derrotados en el primer asalto. El resto, los que conformaron la Alianza, soportaron durante años el hambre, las enfermedades, la muerte. Las esperanzas de los dominados se desvanecían al ver las derrotas de los reinos y repúblicas alianzadas.
En Comanod se jugó la última carta. Luego de muchas derrotas y pocas victorias, los Alianzados descargaron toda su fuerza militar y estratégica. El destino parecía que les daría la victoria. Espías en el bando enemigo, organización militar exacta, armas de un poder destructivo y devastador, los aparatos de tecnologías prácticamente mágicas capaces de proezas indescriptibles, los mejores hombres y mujeres en las brigadas en pro de la defensa nacional, el espíritu de libertad; todo estaba en sus manos.
Pero todo ello fue en vano, el ejército de Rottemberge no tenía miedo de morir por el ideal del líder. Se arrojó contra los adversarios. Enormes zeppelín de hierro disparaban desde los cielos, con ello se aniquilaron a las fuerzas primarias de los Alianzados. Aviones kamikaze explotaban al chocar con los de los buenos. Las bombas se detonaban aun estando elementos de ambos ejércitos en el campo de batalla. Ya no era por la defensa de sus países, ni por la soberanía, ni por el afán de vivir, simplemente era el gusto por la violencia y la crueldad. Vejaciones y actos inhumanos fueron cometidos en las líneas enemigas respectivas. Los Alianzados perdían hombres, los de Rottemberge surgían de la tierra ensangrentada. La victoria decisiva fue para el ejército negro, Rottemberge con Félinx Äcton a la cabeza. El mundo: sus cielos, mares y tierras pertenecían a un solo hombre y a una sola nación. Los malos habían ganado. El grito de victoria resonó sobre los destrozados restos de los héroes que no serían recordados. El Ejército Negro plantó su bandera sobre la cabeza del finado general Octanger, no hubo viento que ondeara el lábaro.
Las noticias no se hicieron esperar. En Blive, capital de Rottemberge, la euforia llenó las calles. Hombres y mujeres, vestidos con sus mejores galas, celebraban bebiendo champagne y golpeando sus copas unas con otras. Los niños, desconociendo la verdadera razón de toda esa alegría, se unieron a la celebración cantando melodías donde se ensalzaba el nombre nacional y su gran ingerencia en el mundo. La gran mayoría de las personas desconocía las consecuencias de toda la guerra. Las masacres, los delitos inhumanos, las miradas de terror de los pobladores de los países conquistados, la miseria en que vivían los nativos ya sean de Zôrgen o de Miconelos. Dentro de Rottemberge todo es el esplendor de la modernidad y la bonanza, fuera de sus fronteras solo se encuentra el trabajo ingrato de los labradores y jornaleros que alimentan al país. Familias de trabajadores que al enterarse de la noticia rompieron a llorar. Sus ilusiones terminaron. Por la mañana regresarían a sus labores y lo mismo ocurrirá la siguiente mañana sin remedio. Hombres y mujeres se abrazaban con tal de menguar su dolor. Los niños solo sollozaban sin entender el sufrimiento de sus mayores. Ancianos, de los pocos que había, morían sin sonrisas pero resignados a que nada peor habría en el más allá. La misma realidad era vista con diferentes ojos.
Las celebraciones en Blive se extendieron hasta muy entrada la noche. Los poetas cantaron odas a las derrotas de las huestes enemigas. Programas en los aparatos telecomunicativos no dejaban de narrar las valientes hazañas del Ejército Negro y de Félinx Äcton, de lo que trajo consigo la nueva era en Rottemberge. Todo era felicidad y a pesar de todo ningún disturbio se presentó. La energía de los habitantes de Bliev y en todo el país estaba bien controlada. Los guardias policíacos vigilaban, nadie se atrevía a encararlos o a hacer algo que perturbara la paz. Se había aprendido de la forma difícil que el poder es más fuerte que el espíritu.
Aún así, y sin que nadie sospechara, un hombre se escabulle entre los gritos y los brindis. Un tipo común vestido de una camisa verde que deja ver sus brazos a la altura de los hombros y su pecho. Pantalones, café con una línea azul en la costura de la pierna, metidos en el interior de unas botas negras con varias hebillas, además de llevar el cinturón sostenido por las caderas. Veinte años cuando mucho le darían a aquel hombre de cabello corto, rostro duro lacerado en una mejilla, sus ojos dejaron de brillar desde hace muchos años, su boca rígida encuadrada por un mentón recio. Varonil y con un fuego en su interior, solo eso podía describirle a la perfección.
Se escabulló por las callejuelas. Trataba de encontrar las sombras para esconderse, las costumbres son difíciles de erradicar. Recordó que esa actitud le haría sospechoso fue así que se irguió, levantó el rostro y sonreía a cada momento. Debía aparentar alegría aún cuando en su corazón, roto por su desgracia, solo podía encubarse la ira y la venganza. Poco a poco se fue alejando de las personas.
El centro de la ciudad se convirtió en una enorme plaza pública donde la fiesta duraría por largas horas más, incluso días. Mientras más se alejaba las luces y el sonido se agotaban. En algunas casas metálicas de color dorado se escuchaban los aparatos electrofónicos y telecomunicativos donde se repetían una y otra vez las palabras de Félinx Äcton, su discurso donde declaraba al mundo unido bajo una sola ley, una sola bandera, ya sin fronteras y sin guerras, sin mal. Las entrañas se le revolvían al hombre que salía sutilmente de la ciudad. Un sabor amargo le llenó la boca y sin darse cuenta comenzó a correr. Tuvo suerte de que un par de guardias no le vieran cuando hacían estos su patrullaje.
Al llegar al extremo de la ciudad vio las grandes rejas que dividían la tecnología de la naturaleza. Sabía por las narraciones de sus mayores que el hombre y el medio ambiente nunca fueron amigos, que el primero destruía al segundo, pero desde las innovaciones de Rottemberge eso terminó. Todo sería paz y armonía. Todo ello en palabras era tan bello pero al ver el precio pagado solo podía despreciarlo. Los guardias que custodiaban el acceso a la ciudad le vieron con recelo. Él se identificó, Nicolei Barke. Los papeles se encontraban en orden y sin más preguntas salió de la ciudad. Tomó su motocicleta del Centro de Custodia Motora y desapareció en la oscuridad del mundo salvaje, por caminos que solo él conocía y también conocería.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Le comento aquí o allá? :P

Gabrius dijo...

Donde quiera usted

Anónimo dijo...

Allá.

Anónimo dijo...

O acá :D