Estoy nuevamente en casa, sentado frente al monitor de mi computador. De nuevo regreso a la dinámica que durante un año he estado llevando e incluso soportando. Vuelvo a este enajenante trabajo que me grita la traición hacia mi profesión. Mas ¿Cómo podría ejercerla siendo que ya no soy quien fui? Además de que poco a poco mi cordura se esfuma y sin ella es imposible aparentar la normalidad que tanto se exige.
No entiendo, no entiendo nada de lo que ocurre. Durante meses las sombras y los fantasmas que rondaban mi casa me atormentaron, pero ahora que se han ido su ausencia produjo un silencio que me cala, que me hace sentir escalofríos. Ahora si puedo decir que estoy solo. ¿Qué fue lo que los exorcizó? Me parece que desde la llamada confirmatoria de la muerte de Nicolás todo cesó. Muerto, al fin muerto. Al fin un descanso que pedía a cada momento pero que me resulta ya desesperanzador. Creía que ese dolor tenía un propósito, era algo que me guiaba pero también lastimaba. Sin embargo se ha ido y al ser libre nuevamente no puedo soportar la idea de regresar a mi pasado.
El último recuerdo de Nicolás Orendain, y del cual debe iniciar nuevamente a vivir, es la estancia en el Hospital Central de la ciudad. Pero debo decir algo, resulta para mi de lo más difuso e incierto tal memoria. Creo que Nicolás estaba a mi lado en la ambulancia ¿o era el paramédico? He aquí lo dudoso de mi pasado, de él no me es posible retomar mi vida, pero no tengo otra opción.
Pues bien, si soy incapaz de recordar mi historia como Nicolás Orendain quizá lo más conveniente sea recordar el año que fui Nicolás Silva. Cambié de apellido en circunstancias de lo más confusas. He de decir que me enteré que era el señor Silva al salir del hospital. Mi expediente médico llevaba escrito tal apellido, además de mis identificaciones. Lo más sorprendente de estas últimas se debía a que el hombre que aparecía en las fotografías era, en efecto Nicolás Silva, mi mejor amigo desde la facultad. Pero sus credenciales eran tan anteriores (él debía de contar con dieciocho años cuando las tramitó) que podría jurarse que ese chico era yo a esa edad. No intenté aclarar tal confusión, ya tenía suficiente con las averiguaciones por parte de los policías acerca del atentado que sufrí.
Durante los interrogatorios y la averiguación siempre fui llamado “Señor Nicolás” hasta el final de todo el papeleo descubrí que también en tales registros se encontraba el mismo error que en el hospital.
¿Qué pasó con Ernesto? Según me contó luego Nicolás lo encontraron en su casa gritando aterrorizado sobre niños y demonios que le perseguían para devorarlo, además de ser incapaz de caminar. Quien lo señaló fue el propio Nicolás y con esto quedó rota la relación que por tantos años vivieron. Salió a la luz el incidente que padeció varias noches atrás. Según los especialistas, su comportamiento anormal se debía a tal experiencia. El juez, al escuchar el diagnóstico (trastorno psicótico breve con desencadenante grave), además de que yo mismo retiré la demanda (he de decir que sentí lástima por él), decidió recluirlo en el Hospital Psiquiátrico Norte durante seis meses.
Durante el tiempo que permaneció hospitalizado no le visité, de hecho cuando le vi nuevamente fue en el funeral de Nicolás. Sin embargo de este he de decir que nunca se separó de mí durante las dos semanas que pasé internado. Estuvo a mi lado durante las audiencias y durante el proceso de Ernesto. Desconozco si tuvieron ambos contacto, eso no me importa.
–Sabes que estoy enfermo –dijo con sarcasmo Ernesto– No conviene que me molestes. Es malo para mi recuperación.
–No digas tonterías que para estar loco eres más cuerdo que los propios médicos –respondió Nicolás sin el interés de que sus palabras resultaran graciosas.
–¿Qué quieres? –pregunto con un dejo de desafío.
–Saber el porqué de tu reacción. No lo entiendo. Se supone que se debe a un trastorno traumático de no sé qué, pero no lo creo.
–Claro que no. Yo era conciente de lo que hacia además de que lo que vi era real.
–De eso último no estoy seguro pero no me importa. –Nicolás bajó la mira para decir– Me interesa saber que te orilló a lastimar a Nico de esa manera.
Los rayos del sol caían sobre el patio del hospital psiquiátrico. Dentro de un enorme cuadrado rodeado por muros sin enjarrar se hallaban varias mesas con sombrillas en donde pacientes y visitantes se sentaban para charlar o descansar. En el centro del cercado se encontraba una fuente de azulejos azules a la altura del suelo, a su alrededor cuatro jardineras rebosaban de plantas verdes y algunas pocas flores. Un gran árbol de jacarandas sacudido por el viento dejaba caer sus flores violetas sobre las lozas del piso. Cualquiera pudiera esperar que un hospital de este tipo estuviera gobernado por el caos, los gritos y la fuerza de enfermeros controlando a los pacientes, pero eso no es la realidad. A pesar de encontrarse en la parte más bulliciosa de la ciudad los ruidos del exterior quedan bloqueados por las puertas de hierro que dan entrada al recinto.
Los pacientes caminan por los corredores bajo la mirada de las enfermeras y las religiosas que se encargan del hospital. En ocasiones se escucha a algún paciente cantar o hablar de años pasados que nunca pasaron. Pero nadie parece peligroso, las miradas perdidas y los lentos movimientos manifiestan cuan medicados y sedados se encuentran los internos.
–Lo expondré claramente y espero que lo aceptes– dijo Ernesto inclinando su cuerpo hacia Nicolás y apoyando los brazos sobre la mesa.
–Espero que seas sincero. –espetó Nick.
–Siempre lo he sido contigo –la voz de Ernesto denotaba molestia, luego pasó a convertirse en un susurro– sentí que debía ser él el objeto de mi venganza. Me dolía la impotencia, la vergüenza.
–Eso no tiene sentido.
–Pero para mi si –contesto indignado Ernesto– ¿Crees que soy tan mediocre como para quedar reducido a sentimientos de autocompasión y desconfianza? Te equivocas, necesitaba regocijarme conmigo mismo. Estaba humillado por tanto debía resarcir el daño que me cometieron.
–Bien, mas no entiendo porqué Nicolás. Tienes a los otros tipos que te acompañaban e incluso a mí…
–Eso fue por ti. Me lo presentaste y lo aborrecí desde la primera mirada que le di. No me explico el porqué de ello solo lo sé. No tengo otra razón para haberlo hecho.
–Pero…
–Ya estoy cansado –dijo suspirando Ernesto, luego levantando la mirada llamó con fuerte voz– Enfermera deseo retirarme a mi habitación.
Una mujer de mediana edad se acercó. Vestía de blanco de pies a cabeza. Su aspecto no era mejor que el de cualquier mujer dedicada a este tipo de menesteres. Ernesto se levantó de la silla cuando ella se colocó a su lado y dijo para despedirse:
–Por cierto. Nicolás fue cómplice del crimen. Solo por esa razón no levanté ninguna denuncia. Por lo menos no dirás que no tengo corazón.
No permitió que otra palabra se pronunciara. Caminó acompañado de su guardiana por el corredor hacia el área de camas. Mientras Nicolás se dejaba caer nuevamente en la silla de jardín, alzó la mirada al cielo y miro anonadado el caminar de las nubes.
Actualizaciones y algunas palabras
Del quince de agosto de 2011
Saludos mis queridos lectores que no me leen. Sé que escribir una actualización para un blog que no es leído resulta completamente irracional pero aún tengo la esperanza de que alguien por casualidad encuentre este espacio y de una manera desesperada me exija que le siga contando las aventuras de mis personajes.
Saludos mis queridos lectores que no me leen. Sé que escribir una actualización para un blog que no es leído resulta completamente irracional pero aún tengo la esperanza de que alguien por casualidad encuentre este espacio y de una manera desesperada me exija que le siga contando las aventuras de mis personajes.
Me gustaría, tras un año de ausencia, traer conmigo alguna historia para llenar el vacío de mi imaginación pero no es así. No sé que me pasa. Sigo viendo acontecimientos interesantes para serles narrados pero cada vez que intento plasmarlo por escrito estos se escabullen por entre artículos científicos y capítulos de libros. Por las noches sigo soñando y divirtiéndome solo con mis personajes y sus historias, pero me gustaría compartirlos con todos ustedes sin embargo no puedo.
En estos momentos me encuentro en el laboratorio esperando a que el programa termine de y así sacar a mi última rata del día. Debería estar haciendo gráficas para los congresos de Acapulco y Cancún pero preferí procrastinar escribiendo estas líneas. Además debería estas escribiendo la introducción de mi tesis, se de que va pero no lo hago. Hoy fue el regreso de vacaciones sin embargo yo vine a la escuela todo este tiempo.
Debo sacarme esto de una vez. Prometo ponerme un día a escribir. Olvidaré cual es mi realidad actual y sus implicaciones para mi futuro y traeré de vuelta a mi lobo, a mis viajeros y quizá pueda traer a la luz a mi nuevo hijo cuyo nombre aún no me atrevo a pronunciar.
En fin, pero que se algún día llegan a este blog lean algunos de mis cuentos y me digan que les parecieron. No importa si dicen que son malos o buenos únicamente déjenme saber que ustedes estuvieron aquí.
Cualquier cosa saben que mi correo electrónico es gabons69@hotmail.com
Nos leeremos pronto.
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