Actualizaciones y algunas palabras

Del quince de agosto de 2011

Saludos mis queridos lectores que no me leen. Sé que escribir una actualización para un blog que no es leído resulta completamente irracional pero aún tengo la esperanza de que alguien por casualidad encuentre este espacio y de una manera desesperada me exija que le siga contando las aventuras de mis personajes.

Me gustaría, tras un año de ausencia, traer conmigo alguna historia para llenar el vacío de mi imaginación pero no es así. No sé que me pasa. Sigo viendo acontecimientos interesantes para serles narrados pero cada vez que intento plasmarlo por escrito estos se escabullen por entre artículos científicos y capítulos de libros. Por las noches sigo soñando y divirtiéndome solo con mis personajes y sus historias, pero me gustaría compartirlos con todos ustedes sin embargo no puedo.

En estos momentos me encuentro en el laboratorio esperando a que el programa termine de y así sacar a mi última rata del día. Debería estar haciendo gráficas para los congresos de Acapulco y Cancún pero preferí procrastinar escribiendo estas líneas. Además debería estas escribiendo la introducción de mi tesis, se de que va pero no lo hago. Hoy fue el regreso de vacaciones sin embargo yo vine a la escuela todo este tiempo.

Debo sacarme esto de una vez. Prometo ponerme un día a escribir. Olvidaré cual es mi realidad actual y sus implicaciones para mi futuro y traeré de vuelta a mi lobo, a mis viajeros y quizá pueda traer a la luz a mi nuevo hijo cuyo nombre aún no me atrevo a pronunciar.

En fin, pero que se algún día llegan a este blog lean algunos de mis cuentos y me digan que les parecieron. No importa si dicen que son malos o buenos únicamente déjenme saber que ustedes estuvieron aquí.

Cualquier cosa saben que mi correo electrónico es gabons69@hotmail.com

Nos leeremos pronto.

lunes, enero 22, 2007

Armonizaciones IX

En cuanto Nicolás abrió la puerta a Ernesto, esté entró con la misma intensidad con la que golpeaba la puerta.
–Ernesto… ¿Qué ocurre? –preguntó Nicolás.
–Nada, solo quiero charlar. –respondió apretando los dientes.
–Pues adelante, te escucho. –dijo Nicolás con poca convicción.
–Soy el hombre incompleto en todos los sentidos. –Comenzó a hablar Ernesto– Jamás he poseído ninguna de las características de los hombres. ¿Dónde está mi virilidad, mi masculinidad? Me he permitido suplantar el papel de una mujer.
El ímpetu en el discurso de Ernesto provocó que Nicolás necesitara sentarse. Sentía como el mullido sillón abría algo como fauces suaves por las cuales caía tragado en la oscuridad. Su rostro no podía esconder la sorpresa ante aquellas palabras. Un escalofrío surcó su espalda y por un momento presintió como si sus propios pensamientos hubieran sido escuchados por Ernesto. Ideas que él mismo había sentido y temía por lo que implicaban, pero ahora uno de los hombres más cabales que había conocido se desbordaba en un planteamiento que jamás hubiera imaginado en él.
–Ernesto… –dijo Nicolás con voz entrecortada– ¿Importa eso en realidad? No entiendo porqué hablas así.
–Porque tú te has puesto como meta quitarme lo que con ahínco he luchado por conquistar.
–Nicolás no quiere nada de mí, solo nos hemos encantado mutuamente pero nunca ha sido ni podrá ser pasional.
–Mi pobre ingenuo. –Dijo Ernesto en tono condescendiente, luego prosiguió con fuerza en su voz– Pero no es solo por Nico, sino por lo que tu mismo me representas y eso es mi incompetencia para vivir.
–¿Qué? Bromeas supongo, tu bien me conoces y sabes como soy. ¿Qué temes de mí?
–Nada temo, –alzando la voz Ernesto a cada palabra que pronunciaba– solo siento como la herida se abre y no logro curarla. ¡Mírame! Mira a este infeliz que solo sabe hacer nada y que en ello mismo consiste su conocimiento. Lo veo en tus ojos.
–¿Qué cosa ves? –preguntó atemorizado Nicolás.
–Tú mirada que me rebaja cada vez que estoy frente a ti. ¿Crees que no he notado como soy solo para ti una bestia que se mueve por impulsos? Soy imbécil y qué.
–¡Por Dios! ¿Eso crees de mí? –y diciendo esto de un salto de puso de pie Nicolás.
–Si. –respondió Ernesto secamente.
Una sirena cruza el espacio sonoro a no poca distancia. La noche no es silenciosa, ni siquiera los ruidos habituales de la naturaleza de aquellas horas son perceptibles. Pero paradójicamente ninguno de los dialogantes puede dejar de abstraerse en los posibles pensamientos del otro. Completamente mudos quedan ante la afirmación de Ernesto. No es quid del asunto que quería tratar, ni siquiera lo que en verdad dentro de su alma lo inquietaba, pero había logrado expulsar a través de su gruesa voz la furia que durante todo el día había mantenido encerrada.
La venganza, la necesidad de algún tipo de satisfacción lo llevó a Nicolás. Con Nico podría liberarse del dolor que le fue provocado, alguien débil con quien desquitarse. Alguien a quien lastimar y no fuera motivo de remordimientos pues una rencilla pasada justificaba cualquier acto cometido contra un tipo como él. Ernesto examinó de pies a cabeza a Nicolás. Con franqueza padecía de sobrepeso considerando su estatura un poco menor a la suya, una barriga perceptiva y vistazos de papada en el cuello. A pesar de ello poseía un bello rostro, una nariz recta que le daba un aspecto soberbio; sus ojos castaños enmarcados en dos arqueadas cejas medianamente anchas, su boca pequeña con delgados labios, que parecía rebosar cuando sonreía.
No había advertido hasta ese momento que Nicolás se encontraba vestido con una camiseta blanca que revelaba su complexión ancha, y en pantalones cortos negros con líneas que mostraban sus piernas, algo torneadas pero cubiertas de vello. La imagen le hizo sonreír, pero más que hilaridad fue pena por el ser que tenía delante.
–No puedo creer, –dijo rompiendo el silencio– que sea de esto por lo cual me siento intimidado.
Nicolás permaneció callado, desconcertado por la forma en que se vio interrumpidas sus cavilaciones.
–Lo tienes todo, te lo diré de verdad, eres bien parecido, lleno de ingenio y el extraño don de ser capaz de simpatizar con cualquiera. Te envidio.
–¿Envidia? Mira a quien le hablas de envidia. Llegaste gritando que eres incompetente, que te sumes en la decadencia femenina. Eso es mentira, mira tu manos y comprobaras que es todo lo contrario. Nota como las venas se ensanchan y se vuelven prominentes, como tus palmas se endurecen a cada esfuerzo que realizas, mírate delante de un espejo y descubre en tu rostro las imágenes de las experiencias que has vivido. De envidia me hablas, pues mira al ser imperfecto. Aquel que no es hombre, que solo imita sus gestos y acciones pero no las considera propias. Un mentiroso para su propia vida.
Otra sonrisa, la segunda de la noche. No era ya de hilaridad sino de coraje, en ocasiones las emociones llegan a entrecruzarse provocando efectos contrarios a los esperados. Un reconocimiento de ambos pudo haber llevado a la reconciliación, en cambio provocó la desesperanza.
–Ahora resulta que eres un aliado en esta mediocridad. –dijo Ernesto– ¡Estúpido! Ni todo aquello que uno sabe o conoce sirve para soportar vivir. Una bestia me juzgó y sentenció a sufrir del mayor placer que fue dado al hombre algo desastroso pues lo convirtió en pesadilla, y ahora soy solo una estadística en el mundo.
–¿Qué ocurrió? –Pregunto Nicolás angustiado.
–Un bastardo me violó y ahora, en todos los sentidos posibles pueden llamarme puto, marica, joto… que importa ya. Nunca me importó, yo me sabía quien era pero ahora ya no. Solo me queda el exterior para que me identifique.
–Nadie es capaz de escapar del dolor que provoca la humanidad. –dijo Nicolás en todo indulgente.
–¿Me consuelas? ¿Quién te crees para hacer eso? Estoy herido, humillado pero no pido tu misericordia. Ten por lo menos la gentileza de menospreciarme porque por ello vine.
–No te entiendo.
–Quiero desahogarme, quiero hacer sufrir a otro lo que yo sufrí. Quiero que te apiades de mí. –el rostro de Ernesto se descomponía en un rictus de demencia.
–Espera…¿Pero yo por qué? –la mirada de miedo de Nicolás estaba apunto de explotar en lágrimas.
–Por que quiero. Tu me desprecias, yo igual. Tú eres un microbio a quien puedo lastimar. Eres inferior y no me darás batalla…
Sin terminar de escuchar Nicolás corrió por la casa, bordeando mesa, sillas, muebles pero su falta de desenvolvimiento y pericia lo hicieron caer. Ernesto caminó decididamente hacia su compañero y pasando frente a una vitrina una fotografía le llamó la atención. La vio fijamente, los rostros le eran conocidos. Dos personas abrazadas por la cintura sonreían bajo el sol del mar. Uno de ellos era Nicolás y el otro… según parecía debía ser Mario. Aquel tipo de quien Nico hablaba con tanto entusiasmo.
De que otra forma podría llamarse al sentimiento de Ernesto en ese momento sino es el de ira ciega. Retirando la mirada de la imagen la posó sobre el derrumbado Nicolás que con dificultad intentaba ponerse de pie, figura más patética del terror. Se acercó a Nicolás y le propinó un fuerte puntapié en la cara. Un par de dientes cayeron de su sitio en un chorro de sangre que se tragó Nico. Este fuera de sí a causa del dolor comenzó a patalear, movía todo su cuerpo y de alguna manera golpeó las piernas de Ernesto tirándolo al suelo. Tratando de evitar la caída intentó sujetarse de la vitrina pero esta cedió a causa del peso rompiéndose el cristal.
Nicolás no dejaba de luchar por salir de aquella situación. Ernesto había perdido el interés por lastimar a Nicolás, quería matarle, y tomando un gran pedazo de cristal roto lo enterró en el estomago de Nico. La sangre brotó y comenzó a expandirse por la habitación. Nicolás dejó de moverse a los pocos segundos. Su respiración era lenta, moriría sin duda.
Ernesto se puso de pie. Observó la escena y quedó aterrado, era idéntica a la muerte del niño acaecida hace un par de días. El mismo olor de la sangre, el mismo silencio, y el mismo aturdimiento. Sentía miedo no por la culpa, sino por el recuerdo. Debía huir, pero estaba manchado por la sangre. Se encaminó al baño, abrió las llaves del agua y enjugó su rostro y sus manos. Levantó la mirada y se vio en el espejo, no era ya él. Gruesas arrugas surcaban su rostro, sus ojos verdes parecían huecos. No, no era el mejor momento para reflexionar sobre sí mismo, debía irse.
Salió del baño encaminándose hacia la puerta. Pero un sonido lo distrajo, similar a un fuerte suspiro. Se giró hacia Nicolás y vio de pie al lado del agonizante a un niño. Describirlo era imposible, solo sabía que era un infante el cual se inclinó hacia el hombre en el suelo lo suficiente como para tocar con su nariz el cabello rojizo de Nicolás. Para Ernesto era demasiado. Salió despavorido corriendo por las calles, similar a un desgraciado lunático que predice el inminente fin del mundo a cada hora. No se detuvo hasta llegar a su casa casi tres horas después.

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