¡Maldito seas Dios! Ya estoy harto de seguir con esto. La conciencia me desquicia. ¿Pero es realmente mi conciencia? Claro que no, es el sentir la fuerza de las consecuencias de mis actos, o mejor dicho de mis no-actos. De qué sirve el libre albedrío si nunca se puede solucionar nada. Pero si existe una forma de acabar con este dolor. Si, pero no puedo, no soy tan valiente como para convertirme en mártir de los cobardes.
No me he levantado de mi cama durante dos días, no he dormido ni comido, cualquier necesidad física y fisiológica no me importa ni me doy cuenta de sentirla. Solo dejo pasar el tiempo, siento el frío de las noches lluviosas. Me duele, es una agonía contener por más tiempo esta maldición. Otra vez vienen a mí los reproches, ¿Por qué lo hice? Pero si no es mi culpa. Claro que lo es, tú lo viste, lo sentiste, lo hiciste. Si, pero no fue de mala intención, yo solo pensé que eso era lo mejor. Lo mejor, nada de eso, todo fue premeditado. Acéptalo. Calla, no es cierto, No me confundas. No niegues lo que eres, un ser estúpido. Ahí lo tienes, quien más lo dice sino tu mismo. Basta, de este auto-atormento.
La noche anterior mientras intentaba dormir sentí la mirada de ella, de esa sombra. No me atreví a abrir los ojos pero escuchaba su respiración. Estaba junto a mí, a los pies de mi cama. Sé que me miraba. Yo sentía como temblaba, mi corazón latía tan intensamente que creí que por fin mis oraciones habían sido escuchadas y de un momento a otro se detendría o explotaría. Mas nada de eso pasó. Ella estaba inmóvil, lo sabía a pesar de no verla. Me miraba y buscaba el momento oportuno para atacarme. Ella sabía lo que pensaba y se aprovecharía de mi miedo. Un acto prodigioso se obró en mí, una descarga de adrenalina recorrió mi cuerpo, lo sentí como si un enjambre de hormigas corriera a lo largo de mi espalda, piernas y brazos. Se encendió en mí una furia tremenda, y un pensamiento me llegó de improviso. “Si te viene a matar, y tu eso es lo que has buscado durante tantos años… aprovecha esta oportunidad”. Antes de perder los bríos que se me habían dado entré en acción. Levanté con fuerza el cobertor con que me cubría el rostro y con la más temible mueca amenazadora que pude hacer me dispuse a enfrentarme contra mi demonio.
De un solo impulso me senté sobre mi cama, pero en el momento de descubrirme y abrir los ojos descubrí que me hallaba frente a frente de eso. Su enorme ojo rojo miraba fijamente a los míos y una larga boca entre abierta me daba las buenas noches con una bizarra sonrisa. Sentí a mi corazón congelarse, con ver eso sería suficiente para sufrir un paro cardiaco, mas “eso” me golpeo en el pecho e hizo que retrocediera a mi postura primera. “Aquello” saltó sobre mí como un perro se arroja hacia su amo. Cayó sobre sus cuatro extremidades sosteniendo las mías con sus garras parecidas a manos, su faz volvió a estar a centímetros de la mía, su aliento amargo me era asqueroso pero no mostré ningún signo de repulsión, me hallaba demasiado asustado para eso.
De pronto soltó una frase en perfecto español, de hecho su voz y entonación era casi musical: -¿Por qué te asustas?- Abrí mis ojos desmesuradamente, sentí la molestia que produce hacer eso, al escuchar la forma en que se expresaba. No respondí a su pregunta, me era imposible y además creo que no era su intención que dijera nada pues, acto seguido sacando su lengua me lamió la cara. Me sentí asqueado por la consistencia y el olor de aquello, pero en cuanto hizo eso se desvaneció. No sentí su desplazamiento ni en que momento desapareció solo sé que ya no estaba ahí. Abrí los ojos y vi que me encontraba aun acostado, envuelto entre las sabanas de mi cama. La luz del sol se reflejaba en el cristal de mi ventana, mientras que yo me permitía llorar nuevamente, llorar como cuando niño. Sin embargo, mis lágrimas eran de dolor no por lo que había hecho sino por lo que sufría. Fue entonces que supe que en realidad no me arrepentía de mis no-actos.
El bar cerraba sus puertas, pasaban de las cuatro de la mañana y nadie se encontraba ya dentro de él como cliente. Los compañeros de Ernesto salieron hace varias horas, se reían y conversaban animadamente. -Todos esos son iguales, se cogen entre ellos en donde sea y con quien sea.- Y una carcajada unánime dio el visto bueno a tal afirmación. Cada uno se dirigió a su casa a descansar. Nadie reparó en esperar a Ernesto, la excusa que se dieron fue: Necesita privacidad. Pero de todo esto ya hacia varias horas.
Ernesto se encontraba en la parte trasera del establecimiento, se hallaba acostado en el suelo, y el brazo del hombre que lo atacó lo mantenía aplastado. El dolor le mantenía en un constante llanto; a pesar de que el hombre le golpeó cuando empezó a sollozar, él continuaba vertiendo lágrimas. No entendía que había ocurrido, no sabía porqué había ocurrido, y mucho menos lo aceptaba. Se sentía manchado, sucio, malo. Creía que nunca se sentiría peor como el día en que aceptando su preferencia sexual se lo dijo a sus padres. Muy curioso momento era este para recordar eso: su padre lo abofeteó y le lanzó una serie de maldiciones mientras su madre solo lloraba sentada en el sofá con el rostro cubierto entre sus manos. En ese entonces sintió la decepción de sus padres, se sintió malo y pecador. Ese sentimiento fue la última tentativa de ser normal para todos. Recordó su huida hacia la casa de su amiga Imelda donde lanzándose a sus brazos pidió perdón. Nunca supo él mismo de que se disculpaba pero quedó luego ello en el olvido. Ahora un sentimiento similar lo invadió. Sentía como la normalidad de su vida se perdía, se volvía a sentir culpable y feo.
Apenas podía respirar, el brazo del sujeto le presionaba con fuerza el pecho. Le era imposible moverlo y él mismo no podía zafarse de tal prisión. Se pasó largo rato viendo en el techo la luz que se filtraba por la comisura de la puerta. Pensaba el porqué sus “amigos” del trabajo no le habían buscado. Luego de tanto llorar entró en un estado de somnolencia donde imágenes de Nicolás se mezclaban con las de su agresor, luego Imelda y Carlos esperando el autobús con él para luego pasar al niño destrozado en el pavimento. Alucinaba los gritos de la anciana mujer y las risas de sus compañeros. Durmió por algunos minutos hasta que la puerta de la pequeña bodega se abrió con violencia. La luz iluminó con intensidad el interior de la habitación. Un hombre larguirucho asomó por el umbral y grito:
-¡Ya basta! Vete de aquí con tú amiguito. Ya voy a cerrar. –dijo el sujeto que atendía la barra y dueño del establecimiento. El Hombretón con pesadez comenzó a moverse. Al intentar levantarse apoyo su codo sobre el estomago de Ernesto lo que hizo que le saca todo el aire y provocarle más dolor al que ya tenía. Se incorporó completamente, se hallaba desnudo, se desamodorró con lentitud rascando diversas partes de su cuerpo. Luego agachándose tomó su pantalón del piso y sus zapatos, y se encaminó hacia la puerta donde el otro sujeto lo esperaba entregándole su sucia camiseta. –¡Ey! No me dejes a tu amigo, llévatelo. –dijo el sujeto señalando a Ernesto que aun se encontraba en el suelo. El hombre no hizo caso a lo que se le dijo y salió sin pronunciar palabra.
Ernesto sentía dolor en todo su cuerpo. Fue maltratado mucho por su violador dejándole las marcas de sus manos en sus brazos y piernas, y alrededor de su boca al impedirle gritar; además de las diferentes laceraciones que le provocó, como las mordidas en sus pezones y pene, y las excoriaciones en su culo el cual sentía como sangraba y como su sangre se mezclaba con el semen de su captor. Encontró varios raspones en todo su cuerpo sobre todo en codos y talones. El cantinero de mal humor se acercó a Esteban, luego de mirarlo un rato le pateo un costado al ver que no se levantaba.
–Oye amigo. Vamos, levántate. –no recibió respuesta. –tengo que cerrar. El grandulón ya se fue, ahora te toca a ti. –ahora recibió de respuesta un par de quejidos. Al ver que Ernesto no se ponía en pie se dispuso a ayudarlo. Una descarga de dolor recorrió el cuerpo de Ernesto, pero logró levantarse. El sujeto buscó por todas partes la ropa del Ernesto pero solo encontró jirones de ropa, aunque los zapatos tenis estaban íntegros. Los tomó con una mano y con el otro brazo ayudó a salir a Ernesto de ese agujero.
–Bonita noche la que tuvieron, ¿no? –dijo sonriendo. Ernesto no respondió. Ya en el bar lo sentó en una silla de plástico cerca de la barra. Por la puerta en ese momento salía su violador mientras se colocaba su camiseta sin mangas. Ernesto se vio desnudo, el dolor por sentirse manchado y culpable volvió a aparecer.
–Toma, ponte esto. “El Mamado” te dejó sin ropa. Pero ya vez, eso te pasa por meterte con él.– Ernesto vio el pantalón roído que le aventaron. –Pues si, te digo. Le encabronan los putos y cuando ve uno se lo carga que dizque él para que se le quite. A mi se me hace que es también puñal, pero nunca me oirás decírselo, sería capaz de hacerme algo peor que lo que te hizo a ti. Créeme.– Al decir esto se fue a la bodega. Ernesto no puso atención a lo que le dijo, luego lo recordaría con detalle. Se vistió el pantalón y calzó sus tenis. Encontró en una esquina su mochila y poniéndosela al hombro se dispuso a salir. La madrugada era fría, pero no lo sentía. Miró en todas direcciones buscando a “El Mamado” pero no le vio. Ya era tarde y no pasaría ningún autobús, pensó tomar un taxi pero no tenía dinero, así que decidió caminar las veintisiete cuadras hasta su casa. Ya cerraba la puerta cuando desde el interior el tipo le grito. Encontró la cartera de Ernesto y dándosela cerró la puerta con llave. Ernesto la abrió y descubrió que no faltaba nada de dinero. Se alegró un poco de su suerte y llamando un taxi lo abordó.
–¿A dónde mi joven? –preguntó el conductor.
–A mi casa, por favor. –por fin pudo hablar Ernesto.
Actualizaciones y algunas palabras
Del quince de agosto de 2011
Saludos mis queridos lectores que no me leen. Sé que escribir una actualización para un blog que no es leído resulta completamente irracional pero aún tengo la esperanza de que alguien por casualidad encuentre este espacio y de una manera desesperada me exija que le siga contando las aventuras de mis personajes.
Saludos mis queridos lectores que no me leen. Sé que escribir una actualización para un blog que no es leído resulta completamente irracional pero aún tengo la esperanza de que alguien por casualidad encuentre este espacio y de una manera desesperada me exija que le siga contando las aventuras de mis personajes.
Me gustaría, tras un año de ausencia, traer conmigo alguna historia para llenar el vacío de mi imaginación pero no es así. No sé que me pasa. Sigo viendo acontecimientos interesantes para serles narrados pero cada vez que intento plasmarlo por escrito estos se escabullen por entre artículos científicos y capítulos de libros. Por las noches sigo soñando y divirtiéndome solo con mis personajes y sus historias, pero me gustaría compartirlos con todos ustedes sin embargo no puedo.
En estos momentos me encuentro en el laboratorio esperando a que el programa termine de y así sacar a mi última rata del día. Debería estar haciendo gráficas para los congresos de Acapulco y Cancún pero preferí procrastinar escribiendo estas líneas. Además debería estas escribiendo la introducción de mi tesis, se de que va pero no lo hago. Hoy fue el regreso de vacaciones sin embargo yo vine a la escuela todo este tiempo.
Debo sacarme esto de una vez. Prometo ponerme un día a escribir. Olvidaré cual es mi realidad actual y sus implicaciones para mi futuro y traeré de vuelta a mi lobo, a mis viajeros y quizá pueda traer a la luz a mi nuevo hijo cuyo nombre aún no me atrevo a pronunciar.
En fin, pero que se algún día llegan a este blog lean algunos de mis cuentos y me digan que les parecieron. No importa si dicen que son malos o buenos únicamente déjenme saber que ustedes estuvieron aquí.
Cualquier cosa saben que mi correo electrónico es gabons69@hotmail.com
Nos leeremos pronto.
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